Belleza y arquitectura

La belleza y la arquitectura

La belleza es, según la RAE, la cualidad de una persona, animal o cosa capaz de provocar en quien los contempla o los escucha un placer sensorial, intelectual o espiritual. Se trata, por tanto, de una cualidad o propiedad intrínseca al objeto bello, aunque requiere en paralelo de una apreciación externa lo suficientemente sensible como para percibir placer. Es a través de esta simbiosis –lo que es y cómo se percibe- donde radica, por tanto, el concepto de belleza.

No obstante, la definición de belleza –así como el anhelo de la búsqueda de un mecanismo para retratarla y evocarla con precisión- ha ocupado al ser humano desde el principio de los tiempos. Por ejemplo, para Platón la belleza es aquello que hace deseable a una idea, y su característica fundamental es la luminosidad. Por su parte, Aristóteles –discípulo de éste- define la belleza como “armonía”, es decir, la unidad o correcta proporción de las partes con el todo. La homogeneidad de lo heterogéneo. Sus principales características, muy ligadas a otras disciplinas artísticas como la pintura o la arquitectura, son el orden, la proporción, la luminosidad y el ritmo.

El Modulor, de Le Corbusier.

No es casualidad que la base de una buena arquitectura siga estos mismos principios. Los que Vitruvio resumió para la posteridad: Utilitas (función), Firmitas (construcción), Venustas (belleza). Pese a que la belleza también depende de quien la percibe, es cierto que podemos encontrar edificios o detalles arquitectónicos que, a rasgos generales, podrían definirse como bellos. Una fachada bien modulada, cuyo ritmo y orden genera en el espectador una sensación de armonía; o un espacio diseñado con proporciones ajustadas a la escala humana, de acuerdo con “El Modulor”, de Le Corbusier. 

Sagrada Familia, Barcelona, por Antoni Gaudí.

Una de las virtudes de la arquitectura es su capacidad para dotar de belleza a cada elemento del diseño y la construcción de un edificio. Para ello, las estrategias son diversas y todas aptas, si se llevan a cabo correctamente: ocultar los detalles constructivos de un edificio o darles protagonismo, construir con un único material o todo lo contrario, radicalizar la simplicidad o exagerar lo complejo. En definitiva, ¿es más bella una catedral gótica, recargada en búsqueda del infinito y símbolo terrenal de la doctrina cristiana, o una sala diáfana de colores neutros cuyo máximo exponente sea la simplicidad? 

Oficinas del Consejo Consultivo de Castilla y León, por Alberto Campo Baeza. Fotografía de Javier Callejas.

Imaginen por un momento el aroma a café recién hecho, los primeros rayos de sol acariciando nuestro rostro a través del cristal, el horizonte azulado en forma de mar. Una canción envolviendo un momento que, a posteriori, resultará inolvidable. Y es que existe belleza en la música, en la imagen, en la palabra; pero, sobre todo, en la conjunción de aquellos elementos que, de por sí, sean capaces de aportar placer a quien los perciba. Si la arquitectura consiste precisamente en combinar todos estos elementos y evocar sensaciones de armonía y placer en sus visitantes, ¿cómo no considerarla, en definitiva, bella?

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